La Encuesta trimestral sobre la situación del crédito en Colombia, realizada por el Banrep con corte a diciembre de 2025, ofrece una radiografía particularmente robusta del sistema: consolida la lectura de 39 entidades de crédito (de un total de 45) y cubre una porción muy representativa del mercado —los bancos participantes concentran 94,1% de la cartera total de su grupo, las aompañías de financiamiento (CFC) 84,4% y las cooperativas 100%. Con esa base, el diagnóstico central es claro: el crédito entra en una fase de normalización con matices. En el cuarto trimestre de 2025 se percibe aumento de la demanda en la mayoría de modalidades y una oferta positiva o estable para todos los tipos de entidad. No es un mercado “cerrado”, pero sí uno donde el crecimiento depende cada vez más de una lectura fina de riesgo y capacidad de pago.
Mirando hacia adelante, el documento sugiere un 2026 con señales mixtas que vale la pena leer con lupa. Para el primer trimestre de 2026, se anticipa que vivienda mantendría percepciones negativas y que la cartera comercial podría desplazarse a terreno negativo, mientras consumo y microcrédito se sostendrían con balance positivo. El mensaje implícito es potente: el impulso del crédito podría apoyarse más en hogares y en el segmento micro que en los motores tradicionales de largo plazo (vivienda) o en el frente empresarial.
Uno de los aportes más útiles de esta edición es que permite ubicar el “apretón” de crédito en perspectiva histórica. En diciembre de 2025, 24% de los bancos consideró sus estándares restrictivos, 56% se ubicó cerca del punto medio del periodo 2005–2025 y 20% se sintió incluso más flexible que ese promedio. En palabras simples: la mayoría no se percibe “más dura de lo normal”, pero sigue existiendo un bloque relevante con postura exigente. Ese dato ayuda a entender por qué puede coexistir una oferta “estable/positiva” con fricciones reales de acceso para ciertos perfiles y sectores.
Y es que el acceso al crédito no luce homogéneo: la encuesta revela diferencias claras en la lectura de las entidades, consistentes con una oferta más selectiva por riesgo sectorial. En el balance de respuestas de los bancos, el acceso al crédito se sigue percibiendo más desfavorable en minería y petróleo, agro y construcción, y se reportan señales de mayor cautela en servicios y comunicaciones. En las CFC, la lectura continúa siendo desfavorable para agro y minería y petróleo, mientras que para industria, servicios, comercio y personas naturales se observan apreciaciones más favorables. En las cooperativas, el balance se mantiene negativo en construcción y minería y petróleo, con el resto de segmentos en terreno positivo. En conjunto, este patrón sugiere que el sistema no está restringiendo de forma pareja, sino priorizando sectores con mejor desempeño percibido y reduciendo fricciones donde la demanda y el riesgo resultan más manejables.
Si hay un “cuello de botella” transversal es la capacidad de pago de los clientes que aparece como la principal limitante para acelerar el crecimiento del crédito en bancos, CFC y cooperativas. A partir de ahí, las barreras se diferencian: los bancos enfatizan la actividad económica del deudor, las CFC el costo de los recursos captados, y las cooperativas la falta de información financiera en nuevos clientes. Este último punto es prácticamente una invitación a innovar: cuando la restricción es información, el espacio natural para fintech y crédito alternativo está en mejor diagnóstico de riesgo (datos alternativos, analítica, open finance) y en reducir asimetrías sin relajar estándares.
El reporte deja tres mensajes prácticos para entender qué está pasando con el crédito: primero, muchas entidades están usando medidas para “acomodar” la cartera y evitar que los clientes se caigan; en el 4T25, 88% de los bancos, 70% de las CFC y 100% de las cooperativas hicieron modificaciones a créditos, siendo lo más común alargar los plazos para bajar la cuota mensual. Segundo, el documento mira cuánto pesan las cuotas en el bolsillo de quienes toman créditos nuevos (la carga financiera) y ahí se ve una leve mejora en bancos y cooperativas, pero un aumento en CFC, lo que sugiere que el crédito a hogares sigue moviéndose, pero con un control cuidadoso de cuánto puede pagar la gente. Y tercero, hay una señal muy relevante para el ecosistema fintech y la inclusión financiera: el apartado especial de microcrédito de entidades no vigiladas por la SFC muestra 36 entidades con una cartera vigente de COP 2,2 billones, y deja claro que crecer en este segmento depende menos de “tener más plata” y más de usar tecnología para bajar costos, mejorar la información del cliente y llegar a personas que hoy siguen por fuera del crédito formal.
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